dissabte, 27 de febrer de 2010

EN COMPAÑÍA DE OSOS

Hoy quiero hablar de Grizzly Man (2005), una película tristísima. Se trata de un documental, un género que valoro especialmente. Grizzly Man habla de la vida de Timothy Treadwell, el hombre oso. Si cuento la película, lo que narra la película, contaré otra historia. Porque es verdad que hay narraciones en que lo que más importa son los detalles. Y esta es una de ellas.

Treadwell fue un hombre peculiar.Fue siempre un inadaptado que sintió durante toda la vida verdadera pasión por los feroces osos Grizzly del norte, enormes y peligrosos. Siguiendo esa llamada de la naturaleza, y a la vez huyendo de un entorno hostil, se adentraba durante seis o más meses al año en las costas de Alaska, solo, con una cámara de vídeo e infinitas cintas para rodar un gigantesco documental sobre la vida salvaje de estos animales. A Treadwell, tierno y terrible como la misma realidad que él amaba, un oso se lo comió y de él no quedaron más que unos huesos. Si digo esto estoy contando la historia. Pero si digo esto estoy contando en realidad otra historia pues dejo de lado los detalles.


Porque todo lo que he dicho es verdad, pero aporta una información heroica o épica que no es del todo cierta. Una vez vista la película, construida con infinidad de imágenes rodadas por el propio Treadwell, de él mismo en compañía de sus amigos los osos y de sus amigos los zorros, uno sabe que ha visto otra cosa. Porque lejos de construirse la imagen de un Treadwell heroico aparece la imagen de un joven quizá algo desequilibrado, exagerado, infantil. Un ser que habla con los osos, que habla con la cámara, que registra todo y se registra, que juega a ser reportero de la tele grabando unas imágenes que nadie va a ver jamás. Por eso es triste la película. Porque no hay épica: hay desolación, locura y mucha soledad.

Y sin embargo sentimos simpatía por ese ser tan desvalido, que rueda diariamente un gran reportaje sobre los osos sin sospechar que está rodando una película sobre su propia muerte. Y porque descubrimos sus pequeñas trampas, que él trataba de disimular. El director del documental, que tuvo en su poder todas las imágenes rodadas por Treadwell, vio que en realidad durante los meses que permanecía cada año en compañía de los osos, no estaba solo. Algunas de sus novias le visitaban. Evitaba grabarlas porque nadie debía saber que su soledad no era absoluta. Pero a veces Amy, la misteriosa Amy, que sentía terror por los osos y que por amor pasaba unos meses con su novio y los Grizzlys, se colaba en una esquina de la imagen y él le pedía que se retirara. Sus hipotéticos espectadores no debían saber que, en realidad, no estaba solo. No al menos en esos últimos años en que Amy le acompañó. Porque a Amy también se la comió un oso y tampoco de ella quedaron más que unos huesos dispersos. (Amy y Treadwell aparecen en la foto de abajo.)
Es una historia muy triste porque habla de mundos que no deben mezclarse. El oso hambriento que se comió a Treadwell y a Amy no era culpable de nada: se limitó a alimentarse como hacemos todos. Es una historia triste porque habla de la naturaleza insobornable. Es una historia triste porque habla de una biología que triunfa por encima de la cultura. Pero a la vez es una historia edificante, porque habla también de la necesidad de ser felices, aunque sea de forma radical o de forma inusual.

En la película se evitan los momentos que podrían teñir con morbo la historia que quiere contarse. El director tiene en sus manos la cinta donde puede verse y oírse el horror de los gritos de los enamorados mientras los osos se los comían. No sólo no la añade a la película sino que la elimina. La hermosa canción de Don Edwards, melancólica como la misma película, pone punto y final, mientras observamos a Treadwell encaminándose en compañía de osos río arriba, a la búsqueda de su propia muerte y en definitiva de su propia libertad. Comienza el vídeo con la imagen del conductor del helicóptero cantando junto a Edwads, en la radio, la canción Coyotes mientras nos lleva a la búsqueda de lo que quedó de Treadwell.
(Desde youtube no permiten enlazar, así que si alguien quiere escucharla, cosa que vivamente aconsejo, y de paso ver más imágenes de la película deberá darle aquí para ver el vídeo)

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divendres, 26 de febrer de 2010

LA SEMANA DE AROBOS: UNA SÍNTESIS

El proyecto de La semana de... nació con el año. En enero fue Mariel Manrique quien ocupó el espacio mensual. Ahora ha sido Arobos. Me gustaría que vierais, quienes nos visitáis, la rapidez con que nos ponemos de acuerdo. Proponemos nombres, blogs que visitamos. Nos damos unos días para decidir. Y al final el nombre surge con enorme facilidad. Así surgió Arobos, con la misma espontaneidad con la que aparecen sus entradas tan llenas de significaciones.
María Jesús, desde su/nuestra Paradela, inició la semana hablando el lunes de la entrada dedicada por Aro al terremoto de Haití, fijándose en la sonrisa de un bombero que acababa de salvar a un niño. Y esa sonrisa era perfecto símbolo de lo que pretende ser Arobos: un espacio para la sensibilidad y para valorar las cosas pequeñas, tan grandes sin embargo.
Isabel, desde su Cobijo el martes, nos habló de las entradas sobre el quejigo, el árbol de los siglos, siempre bajo la protección del gran maestro Machado (maestro de poesía, maestro de vida). Machado fue quien nos unió y su nombre apareció justamente, con justicia, en el homenaje.
Yo mismo el miércoles quise glosar la entrada en que Arobos se enfrentaba con el tiempo. Me emocionó la entrada del fútbol porque nos alcanza a todos lo de abrir un álbum y encontrarnos con una vieja fotografía que nos trae recuerdos, momentos, presencias y ausencias. Eso es vivir. "También un día el tiempo se pondrá amarillo sobre tu fotografía" advirtió el poeta de Orihuela. El fútbol en Arobos es espacio de compañerismo y generosidad, por eso lo traje.
Dilaida, de Groucho, ofreció el jueves una colorista entrada hablando del almendro florecido que Arobos nos regaló en enero. El detalle de Aro comentando también él en gallego en la entrada de Dilaida habló de la generosidad del homenajeado y, a mi modo de ver, de algo tan extraordinario como el respeto lingüístico en el Estado, algo que muchas veces no existe o existe poco. O mejor, que no todo el mundo quiere que exista. Además Dilaida enlazó el almendro y el camino de Arobos con un poema extraordinario de esa extraordinaria mujer y mejor poeta, Rosalía, a quien estaría muy bien dedicar algún día no lejano una entrada colectiva como ya hicimos con Machado.
Y Susana, de El cajón, ayer viernes comentó la entrada sobre la plantación de quejigos y sobre el trabajo colectivo persiguiendo sueños y anhelos justos. Las palabras de Arobos propiciaron un texto muy bello sobre los sueños y sobre la necesidad de "regar lo importante" .

Así pues bomberos, quejigos, futbolistas y almendros... Esto es lo que dio de sí la semana. Tenía que ser así. Árboles y personas, naturaleza y seres humanos. Con todo lo que eso lleva aparejado: respeto, lucha, tradiciones, costumbres, reivindicaciones, dignidad. Tal es la materia prima del blog de Antonio.

Y para terminar una confidencia: a mediados de semana encontré un mail en mi correo del blog. Cierta persona desconocida, que según ella me leía a veces, me escribía para darme las gracias por haberle presentado a mis amigos. A mi amigo de El Bosque, por ejemplo. Que gracias a esta iniciativa se había acercado a espacios que de otra forma probablemente no hubiera frecuentado nunca. Eso, seguramente fue de lo más curioso de la semana: el estupor ante un comentario inesperado. El mail desinteresado de alguien que te dice que se emociona por lo mismo que tú.

Y puesto que como se ve ni somos los únicos ni estamos locos (o sólo lo justo para que no nos abandone la sensatez) seguiremos leyendo a Arobos. Porque cierto día descubrimos que lo que decía en su blog nos atrapaba y decidimos juntarnos para contarlo.

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dimarts, 23 de febrer de 2010

AROBOS Y EL TIEMPO

A veces en la vida hay cosas sencillas que nos golpean porque, a pesar de su aparente sencillez, nos enfrentan a algo muy nuestro y muy de todos. Eso ocurre cuando uno descubre que no es exactamente sencillo lo sencillo, y que como decimos en catalán, en el bote pequeño es donde encontramos la mejor mermelada.

Cuando eso me ocurre en un blog yo me hago fijo, porque esa, la de la sencillez que habla grandes cosas, es una extraña flor. Es por ese motivo que me hice fijo de alguno que me lee o más recientemente de Arobos. Y en el momento de decidirme por una entrada de Antonio para comentar aquí me acordé de una en que creo que ni siquiera dejé comentario porque era mucho lo que se podía decir, y a la vez tan innecesario... La del equipo de fútbol. ¿Por qué esa y no otra? ¿Por qué esa, precisamente, yo que odio el fútbol y que odio todavía más los campos de fútbol y las especulaciones que suelen conllevar? ¿Por qué justamente esa que habla de un deporte que pregona en ocasiones un machismo detestable? ¿Por qué esa, me pregunto ya ahora? Bien, esa porque aunque aparentemente habla de fútbol yo creo que habla de otra cosa. De fútbol también, que no es necesario renunciar a él ni dejar de reconocer que tiene cosas buenas, desde la emoción, el valor del deporte, el equipo y el compañerismo, entre otras.

Cuando vi la foto antigua que Arobos glosa en su entrada me acordé de la fotografía que el profesor de El club de los poetas muertos muestra a sus alumnos diciéndoles que esos jugadores de la foto fueron jóvenes como ellos, tuvieron energía, sangre, pasión, entrega... Y que ahora, justo ahora en que la foto es ya una foto amarillenta, o no están o son mayores. Que la vida pasa, que el tiempo corre, que somos perecederos, que vita puntum, que tempus fugit, que por tanto carpe diem. De eso me acordé. Pero Antonio, de Arobos, lo dice mejor. Sin su permiso, le cito: "Evidentemente no son ni el F.C Barcelona, ni el Real Madrid; ni están en el Nou Camp ni en el Bernabéu; el terreno de juego es de tierra y piedras; el césped, un sueño lejano. La foto data de finales de los años 60 y los que posan para la posteridad son uno más de aquellos equipos que ocasionalmente se formaban en el pueblo para enfrentarse a equipos de pueblos vecinos, sin más interés que ganarles el partido del día, pues no había una competición oficial organizada en la que se pudiera participar." Eso es lo que me llegó: el valor del deporte por el deporte, de la competición por el compañerismo, sin premios, sin fichajes estrella, sin millones indecentes, sin mercadeo vergonzante. Ponerse las botas y salir a darlo todo porque te apetece. Porque luego, a la noche, quien gane se reirá más durante la celebración conjunta y podrá meterse con el equipo rival.
Pero sigo. O mejor, sigue Arobos: "Las camisetas eran el último modelo, con sus botoncitos para el cuello, sus solapas y sus mangas largas, por si hacía frío. Las había confeccionado la madre de uno de los jugadores que era profesional de la aguja, aunque no del diseño." Pero, tras ese detalle de la camiseta, que subraya lo dicho hasta ahora, llega el momento temido, el momento que siempre asoma cuando nos enfrentamos a una foto antigua: el momento de la ausencia. "Y los dos personajes de la foto de abajo eran la afición al fútbol personificada: Servando, el de la izquierda; Fernando, a la derecha. Fernando vive aún pero, por desgracia, ya no está para correr tras un balón; Servando murió jugando al fútbol, aún joven, cincuenta años apenas cumplidos." Del ser humano me emociona sobre todo la capacidad de empatía que tiene en algunos momentos. De que forma un muerto desconocido se convierte en todos nuestros muertos. Porque nuestros muertos no estuvieron en el campo de Arobos pero sí alguien que les representaba. Por eso me gusta esta entrada a la que remito: porque trasciende lo local y nos afecta a todos. Porque habla de compañerismo y de sueños locos. Porque hablando de la muerte, esa que llevamos todos pegada, hace que valoremos más la vida, y la vida en amistad. Porque finalmente, habla del ser humano y del tiempo, dos de las cosas en que mejor nos podemos reconocer. Como decía al principio, a veces en la vida hay cosas sencillas que nos golpean...

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diumenge, 21 de febrer de 2010

VERDI-WAGNER

El desembre passat vam tenir una bona òpera al Liceu: Il trovatore de Verdi. Ja la tenia vista però en directe te'n fas més idea, tot i que ni la representació ni els cantants van estar a l'alçada. Tot i així vam disfrutar molt. Ni el Pere ni l'Esther van poder venir. En el seu lloc la senyora Núria, la mare de l'Eva, i la bona amiga Rosa. Una agradable tarda de diumenge amb un dels verdis més inspirats.

Aquesta òpera té l'ària "D'amor sull'ali rosee", que és una altra de les meves àries favorites. Ara he descobert la gravació de la Caballé al Maggio Musical de Firenze. Crec que de l'any 68. Extraordinària. Diuen els entesos que segurament són els quatre minuts que justifiquen tota una carrera. I en poso l'enllaç, amb els més de tres minuts inacabables d'aplaudiments al final, com ha de ser a l'òpera, com a mi m'agrada que sigui. Excés i generositat. Puro teatro. Però teatre intens com la vida mateixa.


I un parell de mesos després de Verdi, Wagner. Ni més ni menys. La meva primera òpera de Wagner en directe, jo que sóc clarament belcantista, i per tant oposat al rebombori romàntic i verista. Vam entrar al Liceu a les set de la tarda; en sortiem a les dotze de la nit. És evident que anàvem amb por. Però l'experiència, al menys per a mi, va resultar sorprenent. Wagner no serà mai el meu compositor. Massa narratiu, excessivament simfònic, poc melodiós. A l'entreacte vaig explicar l'anècdota de Josep Pla que deia que Wagner anava bé mentre els personatges no s'asseguessin a la pedra. I el tercer acte s'iniciava amb tres enormes pedres d'atrezzo, cosa que ens va fer témer el pitjor. Efectivament, els cantants, hores i hores en escena, s'han d'asseure per poder agafar forces. Tot i així vaig descubrir que Wagner, en directe, tenia una cosa extraordinària: una força descomunal en alguns moments, una musicalitat extrema.

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dijous, 18 de febrer de 2010

CON GARZÓN

Cuando uno es joven y romántico entrega siempre el todo por el todo. La juventud es la época del todo o nada, es la época de las pasiones, de la energía, de la radicalidad que sienta tan bien. Es la época del sí o no. Del blanco o negro. Del romanticismo, del idealismo.

Con los años todo ello se va matizando. Si uno no se vende, y no debería venderse nadie, siguen las mismas pasiones, las mismas rabias, las mismas entregas, los mismos vientos radicales. Pero también la edad te hace descubrir que el sí y el no a veces son matizables, que entre el blanco y el negro hay muchas tonalidades interesantes, que tanta pasión sin algo de comedimiento es un movimiento inútil y agotador. No te vendes, porque yo no siento que me haya vendido, pero sí que la observación es más atenta y la crítica más severa.

Eso es malo y es bueno, depende. Por un lado los matices aportan certeza, credibilidad. Por el otro la crítica desune, paraliza. Es por eso que lo que suelo hacer para que me llegue lo bueno y no me alcance lo malo es ser riguroso y honesto con la crítica pero buscar siempre lo que suma y no lo que resta. Observar en definitiva si tiene más entidad el debe o el haber.
Del juez Garzón no me gusta todo. No todas sus decisiones me parecieron acertadas. Esa parte estelar que sin duda tiene no me ha gustado siempre. Seguramente desde la progresía internacional no se entienden estos peros. Es lo que suele ocurrir con los árboles: que de cerca se les ven más los nudos.

Y sin embargo, tras haber sopesado el debe y el haber, y contemplando el seguimiento vergonzante al que es sometido el juez, no puedo más que exclamar que a pesar de los pesares servidor está con el juez Garzón. Puesto que siempre es más difícil estar con alguien cuando algo le va mal el compromiso en estas circunstancias debe redoblarse. Por eso hoy estoy radicalmente con Garzón, aunque no me gustara todo lo que hizo ni me gustara cómo lo hizo.

Es triste observar de qué manera cuando alguien resulta incómodo, que es de lo que se trata, es perseguido sistemáticamente y obligado a ningunearse. A callarse. No podemos permitirlo, no debemos permitirlo. Visto lo visto, con la justicia que tenemos, que es la justicia de los fuertes y del aquí nunca pasa nada, sólo puedo decir que este blog se posiciona claramente a favor de Garzón porque o es Garzón o son los otros. Los del pelaje oscuro, el silencio cómplice y el gesto obsceno.

(Josep Estruel, de Vivències, me remite el manifiesto. Dejando un comentario formalizas tu apoyo. Yo ya lo he dejado. La página es la siguiente: http://manifiestojusticiagarzon.wordpress.com/2010/02/10/3/#comments )

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dimarts, 16 de febrer de 2010

EL ESPEJO

No me gusta fregar los platos. Pero lo que más odio es planchar porque exige una cierta técnica. Tender es seguramente más agradable porque es más rápido. En cualquiera de estas tres actividades aprovecho para hacer lo mismo que hago cuando viajo en tren y no leo. Pensar, ensimismarme. Raramente pongo la radio: sólo cuando deseo informarme. Nunca me pongo los auriculares para la música: la música requiere mi atención, nunca es para mí medio de evasión. Nunca juego tampoco con el móvil. Pienso y punto.

Sé que juego en casa. Que quien lea esto es, a priori, alguien que disfruta leyendo y/o escribiendo. Por tanto es fácil presuponerle una cierta tendencia al mundo interior, a la subjetividad. Es por ello que me atrevo a confesar lo que sigue sin el miedo a que se me tache de engreído.

Yendo en metro el otro día observé eso que sabemos todos: la gente, para no pensar, se entretiene con el móvil, ese juguete. Otros se encasquetan los auriculares y disfrutan de agradables baladas extraordinarias (cómo me gusta el merengue, cómo me gusta el reaggeton... eso y Rossini, lo que más, ejem). Algunos hablan por teléfono a lo loco; ella me dijo, yo le dije, ella me respondió... Horror vacui, pensé, o acaso alguien me dijo. Horror vacui, terror a reconocernos solos, que es como realmente estamos todo el rato. Solos, solos y solos.

El pensamiento, silencioso y sin embargo con un volumen descomunal, puede enfrentarte a aspectos desagradables y a veces duros. Ingratos. Molestos. Puede enfrentarte incluso a aristas. A las tuyas propias. Me gusta el silencio, lo necesito. Pero comprendo que pueda resultar incómodo. Naturalmente es mucho más fácil el ella me dijo, yo le dije, ella me respondió... porque en ese juego siempre es ella (o él, o cómo se llame el otro) quien tiene la culpa. Enfrentarte a ti mismo es enfrentarte a aquello que menos te gusta. A tus propias culpas. Asomarte a tu propio mar y darte cuenta de que está muy sucio. O un poco sucio al menos. Ensimismarte es también divertirte a ratos recordando, emocionarte, fantasear, anticipar. Pero en medio de la evasión siempre puede aparecer un espejo ocupando el camino. Evadirse sin música, sin radio, sin móvil, sin charla, es siempre peligroso.
Hoy he comenzado a fregar los platos sin ganas, como siempre. Cómo lo odio. Pero cómo me ha aprovechado. Cuando me pongo a pensar sin voluntad de evasión voy buscando ese espejo que me refleja. Es como hacer un análisis de conciencia. Porque veamos, tampoco voy a desnudarme del todo, que bastante tengo con reconocer mis aristas como para pregonarlas luego. Sólo unas pistas: qué poco me gusto cuando me pongo facho, que me pongo a veces. O cuando me pongo impaciente. O cuando asoma la mala uva. O cuando miro por encima del hombro. O cuando transformo el stress cotidiano en rabia. Entonces, mientras le doy con furia a la maldita cazuela con el scotch brite supongo que en cierta forma me estoy fregando a mí mismo y es por eso que pienso que me aprovecha.

Puede parecer que estoy diciendo que soy estupendo y con una tendencia a la instrospección que me hace especial. No era esto lo que quería comunicar. Era justo lo contrario. Que aunque en el blog a veces vaya de profundo y honesto cuando me miro en el espejo no todo me gusta. Era eso.

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dissabte, 13 de febrer de 2010

PINTORS (IV): VERMEER Y LA VENTANA

En mi visita a NY del verano 2008 cumplí con los requisitos museísticos. Cumplí porque me gustan los museos, no porque los considere un peaje. Así enlacé como cuentas de un rosario el MOMA, el Met, el Guggenheim y la Frick Collection. Por este orden, por cierto.

No quiero hablar ahora de los dos primeros museos, excelentes ambos. Sí quiero decir que jamás vi tomadura de pelo más descomunal que el Guggenheim (salvo unos Kandinskys, poco más) ni sorpresa más inesperada que la Frick. La Frick es una de esas colecciones privadas de una familia que ha ganado dinero a espuertas. Recuerdo, igual empiezo a repetirme, que hablé un poco sobre la colección entonces, en verano de 2008, en otra entrada.

La Frick es una maravilla. Instalada en una villa de la quinta avenida con la calle setenta te permite ver de paso cómo y dónde vivían esas familias del carbón, del acero y de los pocos miramientos morales (digo yo). Contiene una colección cuidada y extraordinaria que puede incluso visitarse on line. De entre todos los cuadros maravillosos me quedo (difícil, imposible elección casi) con Mistress and Maid de Vermeer.
Se trata de una historia pintada. Una anécdota, un momento inmortalizado. La señora recibiendo una carta de manos de una crida. La mirada de ésta y la sorpresa de la señora permiten aventurar mil posibilidades narrativas. Me pareció fascinante. Y me reconcilié con Vermeer. Mejor: me enamoré de Vermeer.

A veces las cosas no nos aprovechan porque no estamos preparados, o porque sencillamente no sabemos entenderlas (es decir, no es el momento). Estuve en Amsterdam y pude contemplar Vermeer a fondo. Me dejó indiferente. O al menos emotivamente indiferente. Supe apreciar que se trataba de un gran pintor, pero esas escenas de la chica de la perla o de la lechera no llegaron a calarme. Tuve que pasearme por la Frick para descubrir el valor de esa pintura pequeña, íntima, del oficio, de la anécdota. Y que esa pintura pequeña me emocionara absolutamente. Como en esa tesis sobre el gran Ignacio Aldecoa que nunca terminé, narrador en que los oficios, los detalles, se convierten en verdadero eje vertebrador de la narración.

Desde mi encuentro con Vermeer en un caserón de la setenta, al lado mismo de Central Park, he seguido cuidadosamente, aprendiéndolo. Descubrí, por ejemplo, que la dama que recibe la carta en la pintura de arriba aparece en otro cuadro, seguramente un ensayo, con la misma bata, mirando directamente al observador, con una sonrisa hasta cierto punto pícara alejada totalmente del señorío que desprende la otra pintura.
Otro cuadro me sorprendió. En él vemos a una mujer redactando una carta. La criada a sus espaldas espera para ir a entregarla. Y presentí que se trataba efectivamente de una escena retratada a través de varias viñetas. La escena de la carta, como en la ópera Eugene Oneguin. Primero la dama escribiendo y la criada esperando. Después la criada entregando la respuesta. Lo mismo que en los cuadros extraordinarios de Artemisia cuando le cortó el cuello a Holofernes era posible vislumbrar una ligazón entre las diferentes secuencias.
En este último cuadro me llamaba poderosamente la atención la figura de la criada mirando distraídamente por la ventana de la izquierda mientras su señora redactaba inspirada. Pensé en ver qué me decía la lechera, universalmente conocida, ahora que comenzaba a pillarle el punto a Vermeer.
Ciertamente qué maravilloso cuadro. Qué maravilloso gesto el de esta mujer, con su gesto también misterioso (o cotidiano, uno nunca sabe) mientras vierte la leche en un cuenco. Qué detalles, también. La cajita en el suelo, el cesto colgado, las ropas, el pan, las formas redondeadas de la mujer. O la luz tamizada que entra por la ventana de la izquierda.

La ventana de la izquierda... Justamente. Lo mismo que en el cuadro donde la criada miraba distraídamente por ella mientras su señora escribía. Recordé otros cuadros de Vermeer. Los busqué en internet. La ventana de la izquierda. Y efectivamente, Vermeer, pegado amorosamente a la realidad, como el escritor que cuida el adjetivo hasta el detalle, nos presentaba una y otra vez en sus cuadros un mismo escenario. Incluso el punto de vista era siempre el mismo. La ventana quedaba a la izquierda, como un símbolo cabalístico, como el compás de los masones, o qué se yo. En ocasiones la ventana no se veía, tan solo se imaginaba por algún rayo de luz que se colaba en la escena. Como en estos dos extraordinarios cuadros: la mujer que pesa y la mujer que posa (¿será el pintor el propio Vermeer incorporándose en su propio cuadro como hiciera Velázquez y más tarde Dalí?)

En otras ocasiones sí, la ventana podía verse, e incluso detectarse la forma de los cristales que la formaban, cristales caprichosamente situados conformando un mosaico. Se trataba, efectivamente, de la misma ventana por la que la criada dejaba vagar la mirada mientras la señora escribía en el cuadro de arriba.


Otras veces la ventana ofrecía unos cristales cuadrados con formas triangulares en la parte superior. Se trataba, ahora, de la misma ventana que aparecía en la lechera iluminando escenas de carácter completamente diferente.


En Vermeer podemos seguirles la pista a algunos personajes. También a algunas ventanas, o algunas baldosas del pavimento. A las sillas. A las ropas. O a los instrumentos musicales. Entre los cuadros que incorporan, siempre por la izquierda, esta última ventana (con cambios, pero ¿quién de nosotros no cambia ocasionalmente los detalles de su casa?) están los del astrólogo. El mismo personaje en dos momentos de su vida, ocupado en los mismos profesionales menesteres. La luz le da de lleno, como a muchos de estos personajes iluminados frontalmente. Pero él, a diferencia de la criada que contemplaba el mundo a través de sus cristales, permanece ajeno al mundo de afuera. Prefiere concentrarse en la esencia del mundo, haciéndolo pequeño para desentrañar su grandeza, analizándolo para admirarse luego.

De aquel viaje a NY conservo grandes e intensas sensaciones, no sólo Vermeer. La ciudad misma me enamoró. Me facilitó seguramente nuevas miradas. Aunque también es cierto que fue allí, en la ciudad de los rascacielos, donde aprendí a amar, por otros motivos, a otro pintor de la vieja Europa, Van Dyck. Lo conocía evidentemente, aunque no me fascinaba. En NY sí, ahí me llegó como me llegó Vermeer. Creo que fue en el Met. Se trata de otro más de los enamoramientos de aquel verano. No deja de ser curioso que fuese justo en el nuevo mundo donde me traspasasen muy hondo dos pintores del viejo mundo. Probablemente, a veces un cambio de perspectiva puede colocarlo todo en su sitio y descubrir de este modo la grandeza que habitaba en algo que te resultaba indiferente. Yo siento que estos cambios de perspectivas son fases de crecimiento. Pero no crecimiento en bloqueos que todos podemos tener sino crecimiento bien aprovechado: del que nos reconcilia con el mundo. El crecimiento de las emociones y de las percepciones que junto con el mundo de los afectos son dos de las cosas que más valen la pena de esta vida.

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dimecres, 10 de febrer de 2010

CAMINO 2: EL DE ESCRIVÁ DE BALAGUER

Si el Camino 1 era, en justicia, el de Don Antonio (Camino que por cierto dio lugar a la experiencia del domingo machadiano por excelencia en los blogs amigos, en diciembre) el Camino 2 le pertenece a otro español de gran enjundia porque era Santo (o lo hicieron Santo cuando se murió, que yo creo que son dos cosas diferentes). Como reza (nunca se vio verbo mejor puesto) el título de esta entrada estoy hablando de San Josemaría (que no Josemari). Así junto. Dicen las malas lenguas que se llamaba en realidad José María Escribá Albás pero él, que siempre fue más chulo que un ocho, se puso Escrivá con uve, añadió de Balaguer como si fuera la Condesa (de Alba) y juntó sus dos primeros nombres (tenía cuatro) porque de José ya había varios en el santoral pero él, que iba para Santo, sabía que no existía ningún Josemaría y así inauguraba el marcador. Lo justificó hablando del gran amor por María que de esa manera quedaba permanentemente unida a su nombre y no relegada a un segundo plano. Pero como me conozco yo bien a estos personajes que te justifican cualquier cosa me quedo con la primera versión, la del marcador.

San Josemaría tuvo cierta mañana una visita. Se le presentó Dios padre y le pidió que creara una obra religiosa. A mí me pide eso y no sé por dónde empezar. Como se la había encargado Dios y San Josemaría, otra cosa no pero era muy coherente, la llamó Opus Dei. Se acercó al poder (el franquista, claro) y riéndole las gracias al dictador consiguió un enorme apoyo y pasta gansa. Cuando uno de sus adláteres fue nombrado ministro (de Franco) el venerable Santo entró en éxtasis y exclamó arrobado: "Nos han hecho ministros". Y se fue para Roma (yo también me hubiera largado).

En Roma buscó el apoyo de los papas que se iban sucediendo. El sistema siempre es el mismo; el sistema PP, a saber, peloteo y pasta. Consiguió que el Opus fuese nombrado Prelatura Personal (por Dios, más PP, esto es como una maldición), la única existente en el mundo. Lo cual significa que se trata de un Obispado sin territorio adscrito. Con las prebendas de independencia que ello conlleva. Pero como eso me da igual, allá se las apañen y sean tan independientes como quieran. En lo de independencia del Vaticano mi independencia siempre será mayor que la de ellos.

Publicó muchos libros, aforismos de pensamientos de un facha subido. Y acabó convirtiendo su Obra en su casa: los acólitos estaban obligados a llamar Padre al Santo y, siguiendo esa coherencia indiscutible, los padres del Padre eran los abuelos y la hermana del Santo la tía. Parece coña pero no lo es. La familia propia, de esta forma, quedaba sustituida por la familia común. Los retratos de los abuelos y de tía Carmen lucían en las salas principales de las casas de la Obra. El Opus se convirtió en una Secta. Como no da tiempo remito al alucinante libro de María del Carmen Tapia, las memorias de una de las secretarias del Santo que harta de tantas mentiras y tanto daño huyó como pudo y lo contó luego, con una entereza y una delicadeza notables (a pesar de todo). Francamente, recomiendo el libro para quien desee emprender lo que la misma autora llamó "un viaje al fanatismo".
El primero de los libros del Santo se tituló justamente Camino (y por eso lo pongo en esta entrada dedicada a los caminos, no porque sea fan). Y en ella podemos leer perlas como éstas. Las hay de muy gordas. Que conste que no me he inventado ninguna, ni siquiera las dos últimas que son mis preferidas:

-¿Adocenarte? -¿ Tú... del montón!? Si has nacido para caudillo! Entre nosotros no caben los tibios. Humíllate y Cristo te volverá a encender con fuegos de Amor.

-Sé recio. -Sé viril. -Sé hombre. -Y después... sé ángel.

-El Matrimonio es un sacramento santo. -A su tiempo, cuando hayas de recibirlo, que te aconseje tu director o tu confesor la lectura de algún libro provechoso. -Y te dispondrás mejor a llevar dignamente las cargas del hogar.

-El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo.
-¿No crees que la igualdad, tal como la entienden, es sinónimo de injusticia?

-Eres curioso y preguntón, oliscón y ventanero: ¿no te da vergüenza ser, hasta en los defectos, tan poco masculino? -Sé varón: y esos deseos de saber de los demás trócalos en deseos y realidades de propio conocimiento.

-Amar a Dios y no venerar al Sacerdote... no es posible.

-"Minutos de silencio". -Dejadlos para los que tienen el corazón seco. Los católicos, hijos de Dios, hablamos con el Padre nuestro que está en los cielos.

-Te diré, con palabras de un viejo refrán español: aunque la carne se vista de seda, carne se queda.

-Ningún ideal se hace realidad sin sacrificio. -Niégate. - Es tan hermoso ser víctima!

-No creo en tu mortificación interior si veo que desprecias, que no practicas, la mortificación de los sentidos.

-Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel...

-Bendito sea el dolor. -Amado sea el dolor. -Santificado sea el dolor... Glorificado sea el dolor!

-Niño, el abandono exige docilidad.

-Qué afán hay en el mundo por salirse de su sitio! -¿Qué pasaría si cada hueso, cada músculo del cuerpo humano quisiera ocupar puesto distinto del que le pertenece? No es otra la razón del malestar del mundo. -Persevera en tu lugar, hijo mío: desde ahí cuánto podrás trabajar por el reinado efectivo de Nuestro Señor!

-¿Te riñen? -No te enfades, como te aconseja tu soberbia. -Piensa: qué caridad tienen conmigo! Lo que se habrán callado!

-Tu obediencia debe ser muda. Esa lengua!

-No olvides que eres... el depósito de la basura.

-El plano de santidad que nos pide el Señor, está determinado por estos tres puntos: La santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza.

-Una cosa es la santa desvergüenza y otra la frescura laica.

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dilluns, 8 de febrer de 2010

BRAGAS

Aquí esta foto que pesqué del blog de El alegre opinador. Se la birlé con su permiso, debo aclararlo. La he visto luego en otros blogs. Y siempre me he planteado por qué nos provoca una sonrisa. Igual porque las bragas son de mercadillo. Igual porque el intelecto a veces combina mal con los humanos bajos fondos. Igual sencillamente porque nos imaginamos una gitana que tuvo la feliz idea de regalar un libro y sentimos mucha ternura por ella. O igual porque en el fondo, desde nuestra superioridad plenamente asumida, pensamos que las clientas de la gitana, catetas todas, no se leerían jamás un libro. Pero yo, que trato de convencerme de que la cultura no está reñida con la ropa interior, procuro no reírme mucho. Seguramente con un libro no se venden más bragas (siempre dará más resultado el slogan de Almodóvar: "Hagas lo que hagas, ponte bragas"), pero es posible que haya gente que cuantas más bragas compre más libros tenga. Si supiese en qué mercado patrio se ofrece tan magnífica oferta allá que me iría buscando a la gitana y le haría una buena compra de bragas para regalar (para regalar también los libros que a su vez me serían regalados). Proclamo a la gitana, esa anónima fiera de la estrategia comercial, mi heroína anónima. Todo aquello que destroza el impresentable de Juan Manuel de Prada lo edifica ella con la minuciosidad de una hormiga.

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divendres, 5 de febrer de 2010

MEMORIA DE MECANO

Cuando fui adolescente era fan fatal del grupo Mecano. Su música me parecía sublime, sus letras poesía destilada. En mi descargo diré que tenía quince años. Y que era difícil sustraerse de ritmos como el de Maquillaje-je-je, o el:

"Ahí me cole y en tu fiesta me planté
coca cola para todos y algo de comer,
mucha niña mona
pero ninguna sola,
luces de colores
lo pasaré bien."

Un mantra, en eso se convirtió Mecano. Hoy no me puedo levantar, que en eso sí que me sigo identificando cada día, o Perdido en mi habitación se convirtieron en un himno. O ya más kitch: "Este chico es una joya/ nadie me lo va a quitar/ hace todo lo de casa/ y le da tiempo a estudiar" (que tanto le divertía a Su, la de El Cajón). También me sublimaban cosas de más enjundia, del tipo:

"Una noche de resaca al tratar de despertar
noté que por el ombligo me empezaba a desinflar,
que mi cuerpo se arrugaba como un papel vegetal
e iba pasando, qué curioso, al estado gaseoso."

Esto último, de la canción Aire, ya me parecía la leche de bueno. O la letra de Barco a Venus, que como era de drogas y hablaba de cosas dolorosas, suponía un grado más en el escalafón de la calidad. La letra de Japón era en cambio más ligera, pero yo la cantaba con la misma fe. El grupo se desplazó a Japón para inspirarse y regresaron con una evidencia descomunal que vista/leída ahora tiene delito penal:

"Entre miles de tornillos
viven en Japón,
son mas de un millón
donde sale el sol.
No son rubios, no son altos,
son tipo reloj,
en un metro hay dos,
donde sale el sol."

Pura poesía (que no poesía pura). Yo lo cantaba a voz en grito, como una letanía extraordinaria, como una verdad nunca dicha, como el colmo de la sutileza filosófica, que musicada sonaba más íntegra. Qué canción maravillosa ese Japón, tan absurdo.
En esos primeros años Mecano era una cosa pequeña, de poco éxito (salvo el primer disco, que fue una revelación, justo es decirlo). Con el segundo y tercer elepés pincharon un poco. Pero yo fui de los fieles. Por eso cuando la gran explosión de Mecano, cuando el enorme éxito, yo era un mecanista viejo (como los cristianos viejos), de los que siempre habían sabido que aquello era canela en rama. El éxito de Mecano fue mi éxito. Su constancia la mía. Éra muy fácil ser mecanista cuando todo el mundo se volvía loco: menos fácil fue serlo cuando los madrileños regalaban hits del tipo Ya viene el sol o Focas. Yo fui fan fatal y vivir su éxito significaba asistir al milagro largamente anunciado. Mi fe se vio recompensada.

Solo que cuando esto ocurrió yo ya no tenía quince años. Asistía a la Universidad y aprendí a combinar sin empacho ninguno No hay marcha en Nueva York con don Luis de Góngora, Bailando salsa con don Miguel de Unamuno (y mira que esto es mucho combinar), Una rosa es una rosa con el Rimado de Palacio y Quédate en Madrid con Fran Gerundio de Campazas, alias Zote (que nos explicaba Ana Rodríguez con enorme paciencia). Aprendí a pasar de las analepsis y las prolepsis a Mujer contra mujer (sorprendente himno lésbico, ahí sí que fueron rompedores). A pasar de La Regenta a la portentosa "Eungenio" Salvador Dalí. A combinar el costumbrismo crítico (el de Mariano José, sí, justo ese) con letras tan vaporosas como la siguiente:

"Yo soy uno de esos amantes
tan elegantes como los de antes
que siempre llevan guantes.
Entre semana soy deportivo
pero el domingo me pongo muy fino."

O a combinar las lecturas pretendidamente rigurosas con letras de tan dudosa eficacia como la de la canción El cine:

"La cola de esta noche no tiene final,
dos horas confiando que no colgarán
dichoso cartelito de completo está el local.
Logré cruzar la puerta diez duritos van,
no me ponga delante ni tampoco detrás.
Ahora sigo mezclando, aunque Mecano se haya diluido en mi sensibilidad actual como un terrón de azúcar (aunque me quito el sombrero ante el desparpajo de Nacho Cano cuando escribe:

"Llenamos el caldero de risas y salero,
con trajes de caricias rellenamos el ropero."

O cuando se atreve con el encabalgamiento más abrupto que vio la vieja raza...

"No te sueltes la mano que el viaje es infinito,
y yo cuido que el viento no despeine tu flequillo,
y llegará el momento
que las almas se confundan en un mismo co-
-razón")

Decía que ahora sigo mezclando. Ya no con Mecano, pero para el caso es lo mismo. ¿Quién me manda engancharme a esta serie que me ocupa, por ejemplo? Da lo mismo. Es lo de siempre: el maridaje entre alta cultura y cultura de masas. Si alguna vez sentí remordimientos, que lo dudo, me los saqué de encima en un momento cuando Federico me chivó al oído: "Puede que algún día me guste la poesía mala muchísimo, como me gusta (nos gusta) hoy la música mala con locura". Pues eso.


re

dimarts, 2 de febrer de 2010

COLL DE BELITRES

Uno de los caminos míticos para salir de la Península que nos acoge y nos apresa, literalmente, es el llamado Coll de Belitres. Bordeando la costa mediterránea en dirección a Francia llegamos a Llançà, un hermoso pueblo de la Costa Brava. A partir de ahí, mientras seguimos subiendo, comprobamos que la carretera se hace angosta, las curvas más pronunciadas, la cercanía del Mediterráneo por la derecha casi casi vertiginosa. Comienza la escalada. Subimos para volver a descender a través de infinitud de curvas, y Portbou, el último pueblo español, nos recibe desde el fondo del Valle. Refugiado en un recodo de las montañas, entre los montes y el mar, contempla básicamente el cielo con la conciencia de encontrarse en el camino, pero apartado de él. Portbou es uno de esos pueblos que contemplan la muerte, y que precisamente por ese carácter casi triste, es seguramente un pueblo sabio. Un pueblo entre un tiempo y todos los tiempos, con un pie aquí y el resto de pies fuertemente anclados en las diferentes edades del hombre.
Walter Benjamin supo que debía huir para morir luego y no encontró mejor sitio para hacerlo que Portbou. Benjamin fue un poco un hijo de nadie, y eso se paga. El miedo y la verdad lo paralizaron y se suicidó aterrorizado por las fuerzas franquistas y sus negro aliento. Aunque otras teorías dicen que murió asesinado por los otros, por los comunistas. Cualquiera de las dos teorías puede ser cierta, incluso ambas pueden serlo. Benjamin fue un hijo de nadie y acabó pagándolo. Su cuerpo está enterrado en este lugar, en Portbou. No podía haber encontrado otro sitio mejor. Pero durante mi paso reciente por Portbou no me detuve a visitar la tumba de Benjamin aunque sí tuve un recuerdo para él y para todos los exiliados del mundo.
Si en Portbou alzamos la mirada contemplaremos básicamente montañas. De cara al norte la carretera serpenteante nos indica nuestro camino: ahí arriba, justo ahí arriba, está la frontera. Son quince metros en línea recta. Pero el desnivel es pronunciado. El camino serpenteante ofrece una inusitada vista. El mar a la derecha, Portbou al fondo. Y recto, arriba de todo, el Coll de Belitres, el lugar exacto donde esa cosa extraña que se llama frontera, esa cosa que ni se ve ni se huele ni se percibe, tiene su mudo y fantasmagórico discurrir. Una raya pintada en el suelo es todo el testimonio que permanece.

Pero exiten otros testimonios. Los de la guerra, los de la gran cantidad de españoles republicanos que huyeron a pie, subiendo la montaña, pasando por debajo de una cadena alzada por unos senegaleses. El camino de ascensión era durísimo. El ritmo de paso a Francia muy lento. La caravana, detenida desde antes de llegar a Portbou, ofrecía el panorama desolador del camino intransitable.

Actualmente en Coll de Belitres hay un memorial sobre aquellos días y aquellas gentes. En invierno hace mucho frío y por eso el escenario es más fantasmagórico todavía. Unos paneles con fotografías y comentarios consiguen ponerte los pelos de punta. Uno no sabe si es debido a lo que muestran las fotos o al frío que corta. O si el frío no es otra cosa que un acompañamiento silencioso de la puesta en escena.


En 1939, tras el paso de tantos desgraciados que acabaron durmiendo sobre la arena fría de los campos de refugiados, llegaron los soldados franquistas al Coll de Belitres. Se cerró la frontera. Por Portbou no pudieron escapar más republicanos españoles. Y los franquistas aprovecharon el tiempo de espera para levantar un monolito espantoso. Habían tomado la frontera y el monolito pasó a ser (sigue siendo) testimonio silencioso de aquel episodio. Acaso se trate del primer monolito erigido por el fascimo en la vieja Europa. Hoy luce dibujos alusivos al comunismo y al independentismo: qué menos. Es una tonta venganza de los días que no pueden vengarse de otra manera si no a golpe de graffiti.
Desde el Coll de Belitres por el lado francés, continuando la carretera y volviendo a bajar, encuentras el primer pueblo francés: Cerbère. Y un poco más allá Banyuls, Collioure y Argelès, el lugar donde se levantó el mayor campo de refugiados de exiliados españoles.
A cada lado de la frontera los esperables letreros de Francia y España se ven acompañados, en el caso francés, por un letrero donde reza Benvinguts a Catalunya Nord (puesto por las autoridades francesas de la zona, no por las españolas). La palabra Catalunya está tachada. Siguen molestando muchas cosas en este mundo nuestro, en nuestra España intransigente. Deben creer algunos que por borrar una palabra de un letrero las cosas dejan de ser como son.
Lo verdaderamente grave es que hay momentos en que pienso yo también que sí, que a fuerza de borrar palabras y conceptos las cosas dejan de ser como son. Los refugiados de cualquier país acaban siendo tachados y por tanto olvidados. Y los pueblos, a base de tachar sus nombres de los carteles acaban también por ser absorbidos y desaparecer. Por desgracia sí, por desgracia me temo que los intransigentes saben perfectamente lo que se hacen.

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