dimecres, 31 de març de 2010

A LA CONTRA (VI): PROCESSONS DE SETMANA SANTA

Nunca he podido con las procesiones. Veamos, nunca he podido con curas y monjas, la verdad. Naturalmente, a nivel individual de todo hay en todas partes. Gente nobilísima y entregada, verdaderos referentes. Pero siento que son referentes en tanto que seres humanos entregados, más allá de su labor pastoral que no me interesa. Y no me interesa porque toda religión supone una parte de irracionalidad no gozosa sino censora y castrante. Toda religión defiende unos intereses a menudo vergonzantes, y los defiende apelando a menudo a la incultura, al acriticismo, a la ignorancia, al machismo, a la inmovilidad de las clases sociales, incluso cuando las clases han significado muerte y miseria, o a cualquier otra idea que detesto que pueda ocurrírseme.

Muchos me han hablado de la enorme belleza de las procesiones sevillanas. No me apetece nada: no de conocer Sevilla, que me apetece enorme y absolutamente, sino de toparme con una serie de fanáticos que salen entre cantos, desgarros, gritos y lloros. Para mí son excesos, teatralizaciones que se sustentan en un conservadurismo moral acérrimo, una exaltación de lo más primario pero con una voluntad no expansiva. Creo que ahí, entre costaleros y damas enlutadas, me sentiría un verdadero y orgullosísimo extraterrestre. Me ha ocurrido otras veces en algún tipo de exaltación bellísima que según todos pone los pelos de punta: a mí me los pone pero de espanto. Seguramente no todo el mundo que asiste a las procesiones responde al tópico que me he formado, pero me temo que ese tópico abunda. Otra cosa, naturalmente, es que servidor se emocione, y mucho, con las saetas, con el flamenco, con todo lo hermoso y desgarrado que tiene el sur. Siento ese pellizco y siento ese duende. Pero cuando esa belleza está puesta al servicio del atraso y de los curas yo me bajo de una enorme zancada. Entre las cosas que no soporto se alza, descomunal y espantable, una procesión de Semana Santa sea en Sevilla o al lado de casa (en Barcelona hay pocas, gracias a Dios).

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dissabte, 27 de març de 2010

CUELING

No puedo con el incivismo, quienes me conocen lo saben. Tengo una enorme sensibilidad por los bienes colectivos, así que si se me ve aporreando una papelera pública o rayando el cristal de un bus querrá decir que estoy al borde del colapso nervioso. He sentido siempre que las cosas que son de todos merecen ser cuidadas y atendidas porque, efectivamente, suponen riqueza colectiva y hacen que un país sea mejor, por tanto con mayores oportunidades para todos.

Es por esto que nunca me he colado en el bus ni en el metro, que no haya tenido siquiera la tentación. Otra cosa es que piense que los precios podrían ser más ajustados y que la movilidad colectiva merece calidad y precio asequible. Pero la queja tiene poco que ver con la cara dura. No lo digo como heroicidad moral sino como mero dato.
Me molesta hasta la abominación la mala educación, la insolencia y el nulo respeto. La cosa pública, la res pública, es algo en lo que creo fervientemente. Los abusos a ese nivel me sublevan.

Notaba últimamente que los que se colaban en el metro y en Cercanías eran muchos. Desde luego más que tiempo atrás. Creí percibirlo así. Unos artículos publicados en prensa recientemente parecen confirmarlo (sobre todo éste, pero también el otro y el de más allá). En algunos medios de transporte de mi ciudad quienes se cuelan llegan a una tercera parte.

Quien no paga provoca que se encarezca el billete que yo sí pago. Solamente por eso ya le desprecio. Por insolidario. Pero además quien no paga no se siente tampoco implicado cívicamente con el entorno, fomenta que todo vaya peor, suele ser además un mal educado que anda ensuciándolo todo, te mira como si fueses un fascista o un carca y además va de listo porque él viaja gratis. Como para escupirle.
Hace dos semanas, al ir a salir de la estación de Cercanías de El Clot noté que un chico se me pegaba literalmente a la espalda. Es lo que suelen hacer para salir cuando no tienen billete que validar. Me di la vuelta y le paré con la mano. Seamos sinceros: si al darme la vuelta me hubiese encontrado con un armario de dos metros no hubiera dicho nada. No tengo vocación de suicida. Pero con el chico sí me detuve. Le puse la mano en el hombro y le dije que no me daba la gana. Que pagase su billete como hacía yo. Que ya estaba bien de tantísima cara dura disfrazada, en algunos casos, de rebeldía o de progresismo. Lo progresista es comprometerse con lo que es de todos. Y ahí le dejé, insultándome a voz en grito, tachándome de fascista. Según su punto de vista el antifascismo equivale a que no pague nadie. O que paguen unos, no necesariamente los que tienen más, para que él pueda seguir viajando gratis e insultando si se siente cuestionado.
Mi grito es el grito sempiterno del abuelo (así me siento a mis cuarenta y dos): o nos implicamos todos o esto se para. La lucha no tiene nada que ver ni con la insolencia, ni con la mentira, ni con la cara dura. Un día me reivindiqué como sinvergüenza. Hoy me toca, por lo que siento, revindicarme como raro pues parece que lo anormal para muchos es pagar si tienes la posibilidad de no hacerlo. (Esta misma mañana he descubierto que el Ayuntamiento de Barcelona ha iniciado una campaña, como puede verse en las fotos.)

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dilluns, 22 de març de 2010

CIBERCULTURALIA

El blog de Carmen, Ciberculturalia, incide generalmente sobre temas políticos con los que, en síntesis, suelo estar de acuerdo. Pero como los asiduos de Carmen sabemos, suelen alternarse ese tipo de textos con entradas de otros temas. Arte, por ejemplo, música, literatura, exposiciones, curiosidades, fotografía, o cine. Pero incluso en sus textos políticos, a menudo fruto de la actualidad, pueden distinguirse diferentes planos de análisis. Política social (a menudo sobre igualdad y feminismo), política internacional, política económica, política española o el apunte de urgencia.

Todo esto es lo que ya sabemos quienes frecuentamos su blog. Que por un lado Carmen es una mujer que se moja en política. Y por el otro que para entender a Carmen hay que saber que su compromiso cívico pasa por un compromiso artístico y vital. No en vano su blog se llama como se llama: la raíz cultura ocupa desde el nombre hasta los hechos. Por eso, en este homenaje que yo le brindo, he deseado incorporar tras estas palabras iniciales, el compromiso de Carmen con la música y con el cine.
No sé de dónde saca Carmen tantísimos cortos encantadores con los que suelo compartir el café de los sábados (redacto esto un sábado en que Carmen nos deja dicho que se va a Buthán y hoy no tengo corto. Pero sí preguntas, como dónde está Buthán o qué puede hacerse en Buthán, pero ese es otro tema, el del misterio de Carmen que, si se me permite, enriquece también su blog). A lo que íbamos: Carmen decide cierto día recuperar ese espacio de mi infancia, la película de los sábados, ese Sábado Cine que tantos cinéfilos forjó, y titula así sus entradas sobre los cortos. Os recomiendo que visitéis ese apartado de su página y os riáis o sorprendáis con esas pequeñas joyitas. Sábado Cine, el emblemático programa de la Primera, tenía algo que ahora se ha perdido en la tele: respeto al film como obra de arte. Ese era el espíritu, el mismo que recupera Carmen para sus películas diminutas.
También la música ocupa un espacio fundamental en su blog. Como ese día en que nos encantó con Chopin (confieso que esa entrada estuvo a punto de forjar una enemistad entre Isabel y un servidor pues ambos quisimos glosarla. Al final Isabel fue algo menos desalmada y me la cedió). Carmen reconoce ahí lo muy necesario que se le hace combinar la actualidad, que es la que nos enfada, con todo aquello que nos anima y nos aporta la dosis de vitamina cotidiana. Como la música, como Chopin, como las polonesas y los nocturnos tan melancólicos. Chopin, el novio revelado de Carmen, calma las aguas y los vientos. Queda la música del nocturno que nos regala (escuchadlo, escuchadlo, es la tercera) y una necesidad de cerrar los ojos y pensar que todo es bello y que todo es bueno.

Desde los blogs alzamos muy a menudo la bandera de la solidaridad y del trabajo conjunto. Susana lo comentó muy bonito en su entrada de la semana de Arobos (ahora de homenajeado a homenajeador, flamante fichaje). Comentó Susana la necesidad de unirnos para hacer cosas maravillosas. Cosas importantes. Ese suele ser un discurso enormemente vital, y que nos impacta porque es efectivamente muy necesario. Necesidad de unirnos para cambiar las cosas, para edificar o (que sí) para destruir en ocasiones. Ese discurso colectivizador necesita a veces, como todo, su poco de ironía y de distancia. Y Carmen la puso en una entrada con la que me reí a gusto: entrad y comprobad que también a solas somos capaces de levantar un mundo a base de tesón, ensayo, técnica, disciplina y muchísima imaginación. Ahí es nada. Ahí es nada el blog de Carmen.

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dijous, 18 de març de 2010

LA SOSPECHUELA DE LÁZARO

Regresar a un clásico es volver a casa. Seguramente eso ocurre con la relectura de cualquier obra interesante. En ocasiones la profundización es tan particular que uno acaba por ver cosas donde no las hay, o donde el autor no pretendió que las hubiera. Lo decía un profesor del máster: a todas las obras literarias acaba uno por verle cosas meritorias cuando se detiene muchísimo. De lo que podríamos deducir que no es necesario detenerse tanto para entender y valorar una obra de arte; y también que si puedes hacerlo no te aporta nunca nada que realmente sobre.

En mis habituales lecturas del Lazarillo de Tormes (1554) observé recientemente el divertido uso del diminutivo que hace el autor. Es seguro que alguien más reputado que yo se ha encargado de analizar el uso del diminutivo en esta novela desde puntos de vista diversos, el de la gramática histórica por ejemplo. Pero durante la última lectura hice lo que me apetece a veces; apuntar significaciones con la voluntad única de leer mejor. Porque eso es literatura: minuciosidad a manos llenas.
El primer diminutivo que apunté está en el mismo título de la novela. No es gratuito en absoluto. Muy pocas veces le llaman Lazarillo el resto de los personajes. El autor parece querer marcar de esta forma la antítesis entre Lázaro y Lazarillo, advirtiendo que no son exactamente la misma persona. Tampoco nosotros somos los mismos que hace diez años. Inmediatamente luego el diminutivo asoma con un claro valor irónico. Empieza con el hermanico negro de Lázaro y más adelante, ya con su primer amo, por el jarrillo del cual manaba una fuentecilla de vino propiciada por Lázaro, jarrillo que el ciego no dudó ni un momento en estampáselo en la cara cuando dedujo que el niño estaba bebiendo ("fue tal el golpecillo que me desatinó" nos dice ni más ni menos).

A no mucho tardar aparecen las mujercillas, con claro valor irónico también, que irán reapareciendo a lo largo de la novela. Las mujercillas son las vecinas y las mujeres de la vida, a veces ambas cosas a la vez. Y episodios divertidos como el del cambiazo del nabo por la longaniza: "un nabo pequeño, larguillo y ruinoso" (qué extraordinaria adjetivación, qué divertido que un nabo sea ruinoso. Es cierto que muchas cosas son ruinosas aunque no estén exactamente en ruinas).

El clérigo que le matará de hambre ("escapé del fuego y di en el relámpago") no tiene siquiera ese "canastillo con algunos pedazos de pan" que suele ser frecuente en todas las casas. Ni viendo la comida se podrá consolar Lázaro. Por eso recurre a sus trampas mientras se va gestando el pícaro: el episodio de los ratones en el arcaz. "Levantome muy quedito" dice Lázaro, y lo imaginamos levantándose de la paja donde dormía para no ser oído por su amo con la disponibilidad de robarle el pan.
Sabemos que el tercer amo no será mejor. Y aparece el irónico episodio erótico del escudero: "Hago la negra y dura cama, y tomo el jarro, y doy conmigo en el río, donde en una huerta vi a mi amo en gran recuesta con dos rebozadas mujeres, al parescer de las que en aquel lugar no hacen falta, antes muchas tienen por estilo de irse a las mañanicas de verano a refrescar y almorzar". Se trata de otro momento narrativamente feliz; el de las mañanicas de verano de las mujercillas del escudero.

El corto tratado cuarto, el del fraile de la Merced, acaba abruptamente, tras anunciarnos que con él ha tenido Lazarillo sus primeros zapatos ya en Toledo. Por tanto trajín "y por otras cosillas que no digo salí dél". Estas cosillas, interpretadas en clave de abuso sexual al niño, interrumpen de pronto el relato y el tratado cuarto queda ahí más como misterio literario que como certeza. La única certeza es la de la extraña perfección brevísima que sigue sorprendiéndonos.

Abreviando, ese mozuelo en que se ha convertido Lázaro está ya de pregonero en Toledo, casado provechosamente con la criada del Arcipreste. Momento narrativo excelente donde los haya. Ahí está el caso, la justificación narrativa de toda la obra. Había empezado Lázaro diciendo que iba a contar su vida por extenso para que pudiera entenderse el caso y ha llegado ya el momento de explicarlo. Sabemos que su madre decidió arrimarse a los buenos, y que él decidió hacer lo mismo. El cúmulo de privaciones que ha sufrido justifican que decida convertirse incluso en un cornudo. Ya le avisa el Arcipreste: "Lázaro de Tormes, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas nunca medrará". Por eso mejor callarse. Lázaro defiende la honradez de su mujer, aunque cuando ella se pone a jurar él teme que se les caiga la casa encima. Pero su actitud es inflexible: "Que yo juraré sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo. Quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él." La actitud es noble, caballerosa, honorable. Pero asoma el diminutivo y se lo carga todo: "Aunque en este tiempo siempre he tenido alguna sospechuela" nos dice Lázaro. Perfecto, piensa uno: es por estas cosas que estamos ante una obra maestra.
(Y ahora justamente se ha estado hablando de la autoría revelada: el poeta petrarquista de primera hornada Diego Hurtado de Mendoza. Hace cinco años se propuso a Alfonso de Valdés. Ambos aportes se nos vendieron como verdad indudable. Pero de la autoría de Hurtado de Mendoza y de Alfonso de Valdés se lleva en realidad hablando cientos de años. Nada nuevo. Como de la del otro Valdés, Juan, o sólo un centenar de años de Sebastián de Horozco, padre de Covarrubias. Y yo que no me fío. No por cuestión de calidad prosística, que fue buen prosista Hurtado de Mendoza, sino por temperamento. Y porque me parece muy confusa la historia del manuscrito del Lazarillo junto con otro, ni más ni menos que de la Propalladia de Torres Naharro. Veremos en qué queda, que será seguramente en bien poca cosa. )

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dimarts, 16 de març de 2010

FLASHMOB

Una flashmob es, originariamente, una acción instantánea en la que un grupo de personas, convocadas por medios no oficiales ni de mass media, se reúnen en un lugar determinado, hacen algo inesperado y se disgregan luego. Puede responder a acciones sociales y políticas o a mero entretenimiento. Ese es el origen, aunque como siempre ocurre, la publicidad se ha aprovechado y también los diferentes medios de propaganda.

Existen muchas convocatorias de flashmob, aunque naturalmente son las que han requerido un ensayo y una preparación previos las que resultan más vistosas. La acción inesperada puede ser un baile perfectamente coreografiado (hay algunas en homenaje a Michael Jackson, por ejemplo) o las llamadas Frozen Flashmob en las que quienes intervienen fingen estar congelados, perfectamente inmóviles, durante un periodo determinado de tiempo.

Las que siguen son de las más conocidas. Una en NY, una Frozen en la Central Station. Y la otra centrada en el baile, que si no recuerdo mal me pasó por mail mi amiga María Jesús de Paradela de Coles, en la bonita estación de ferrocarriles de Amberes.



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dijous, 11 de març de 2010

SEGUNDA (Y ÚLTIMA) PARTE DEL TEBEO

Recordaba en una entrada anterior la primera ficción que consumí y que tanto me marcó en mis años escolares. Vino indudablemente a conformar parte de mi propia educación sentimental. Sigo con otros personajes de tebeo que se suman a los Zipi y Zape, los Carpanta, las Hermanas Gilda y a Gordito Relleno, de los que ya hablé.

Pienso en el insoportable Pitagorín, un empollón que no creo que tuviera demasiado éxito (los empollones nunca han triunfado). Era algo así como el reverso de Zipi y Zape. Como la cara aburrida y absurda de la moneda. Me pregunto por qué siempre los buenos ejemplos han triunfado tan poco. O quizá debería preguntarme por qué siempre, en el fondo, nos los han vendido tan mal. Pitagorín sólo pensaba en fórmulas matemáticas y experimentos de química. Imposible sentir la mínima empatía. Sí la sentíamos, en cambio, por Petra, criada para todo; una criada deslenguada con su señora (por cierto, llamada Doña Patro, para jugar con lo de Petra). La lucha de la pobre Petra no era una lucha de clases: al contrario, asumía encantada su destino, era la criada más impoluta del universo del cómic infantil. Impoluta y con moral de esclavo. Pero era quisquillosa y siempre quería decir la última palabra. Y además era fea pero graciosa. De todo lo cual deduzco que los dibujantes e ideólogos tenían más mala leche de la que se sospechaba entonces.

Las doñas eran las mujeres. Yo no estaba acostumbrado en absoluto al tratamiento de doña, tan inusual en Catalunya, es por eso que me llamaba tanto la atención. A doña Patro, la rubia con falda negra de las ilustraciones, se le unían Doña Jaimita, madre de Zipi y Zape, y el personaje más horrible de todos: Doña Urraca, una bruja espantosa. Cuando en clase nos explicaban la historia de la Reina Doña Urraca entendíamos perfectamente que hubiera generado una guerra civil. La Urraca de los tebeos iba siempre vestida de negro, era fea, versión no graciosa (no como la pobre Petra) y su mascota era un murciélago asqueroso.

Más simpático era Rompetechos, un puro desastre. Casi ciego, bajito, engrosaba la lista de personajes entrañables por lo desgraciados. Como Don Óptimo, que recuerdo que paradójicamente era pésimo en todo. Luego estaba Don Pío, con su familia, otro más de los dones tan frecuentes en el mundo de los tebeos (capitaneados por Don Pantuflo Zapatilla, aficionado a la colombofilia). Entre los dones había uno muy particular. Particular al menos su nombre: recuerdo poquísimo sobre sus circunstancias. Pero el nombre... ¿cómo olvidarlo? Don Furcio Buscabollos, se llamaba. No entiendo cómo el dibujante se atrevió a tanto.

Tengo también el recuerdo de la abuelita Paz, nuevamente jugando con las paradojas de los nombres. Porque la anciana era todo lo que se quiera menos pacífica. Llevaba un paraguas con el cual arreaba a quién osara contradecirla. Era malcarada, rencorosa, agresiva, tozuda. Por eso nos parecía tan divertida.

En mi mundo de ficción infantil había también espacio para los detectives y los agentes secretos. Los más famosos, Mortadelo y Filemón indudablemente. Los más divertidos, los preferidos. Representaban un humor más moderno que los Carpantas y los Zipi y Zape, y su universo era también más moderno (quizá inauguraban en realidad la posmodernidad y no lo sabíamos). Si no recuerdo mal eran espías o agentes secretos de una TIA que se parecía sospechosamente a la CIA (por eso, años después, cuando Alianza Popular se convirtió en Pepe no pudimos por menos que acordarnos de los nombres burlescos de nuestra infancia). En ese universo de la TIA, además de nuestros amigos, habitaban un Súper antipatiquísimo (que siempre recibía los golpes involuntarios de los protagonistas, cosa que nos parecía el colmo de la justicia de clases) y una doña Ofelia un poco petarda que andaba enamorada de Mortadelo y que era fea, extremada, sentimental y seguramente católica. Pasaba de lo más deslenguado y atrevido a comportarse como una quinceañera enamorada. Era trabajadora y diligente pero sin caer en ese estiramiento monjil que resultaba antipático. Los dos héroes la rehuían pero eso era una nota de realismo atroz que provocaba ternura. En el fondo Ofelia era una bendita que tuvo suerte: Mortadelo siempre pasó de ella.

Mortadelo y Filemón no fueron los únicos investigadores de mi infancia. Fueron los mejores, eso sí (investigaron la desaparición del trofeo del Mundial 82, e incluso se trasladaron a la Roma clásica para de paso explicarnos un poco de historia), pero no los únicos. No puedo dejar fuera a ese Anacleto, agente secreto que tenía las de perder frente a sus dos contrincantes mediáticos. Anacleto nunca fue brillante pero sí más serio. Y eso era de agradecer cuando uno estaba cansado de gansadas tan evidentes.

Pero había otros amigos. Pepe el Hincha, por ejemplo, el forofo del fútbol, especimen reconocible entonces y ahora. Estaba siempre enfadado, escondido detrás de su tupé, muy gestual para expresar un gol en la propia puerta. Vista desde los tebeos la pasión futbolera era ridícula. Me lo sigue pareciendo en buena medida, aunque me alegre de los triunfos de mi equipo. O El botones Sacarino, que a fuerza de tanto evitar el azúcar se había quedado extremadamente delgado. O Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio. (Años después, esa industria que a veces adolece de tantísima falta de imaginación como es la de la tele los copió a lo bestia y creó una serie burra a más no poder que titularon Manolo y Benito. Manos a la obra. Y puestos a copiar, también la tele birló la idea del gracioso 13 rue del Percebe de Ibáñez reconvirtiéndolo en Aquí no hay quien viva).

Tras estos amigos de dibujos y los tebeos (Pulgarcito, DDT, TBO, Tío Vivo...) llegarían, siempre en el universo de la ficción, las primeras novelas. Enid Blyton, que ahora sabemos que era una bruja, o Los tres investigadores... Pero esto será otro día.

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NO QUIERO SER ROMÁNTICO

(Este es un texto originariamente publicado en el blog Grito de Lobos el 9 de marzo.)
En gran medida somos hijos del Romanticismo. Nos dejamos llevar por la pasión, por la emoción, por el rapto del momento. Es así en todas las cosas de la vida. Las lágrimas gratuitas no nos ofenden, la exhibición emotiva no nos parece mal, y como ello vende, en algunos entornos acaban aprovechándose para caer en una verdadera pornografía emocional. En la reflexión social y política en muchas ocasiones ocurre también así. La pasión, buena y necesaria para el desarrollo de la vida, acaba ocupándolo todo. Y el ingrediente romántico, que aporta algo de sal, acaba transformado en protagonista y al final el plato no se puede consumir. El ser humano tiende a los excesos si no se contiene, y más en algo tan polarizable como la opinión política o social.

El exceso de romanticismo que nos apresa como si de una enorme y empalagosa mancha de almíbar se tratara afecta en muchas ocasiones a todo. O almíbar o sangre, que de todo entiende el romanticismo y a todo recurre para conseguir sus pretensiones. El romanticismo es escenificación, exageración, nocturnidad con alevosía, emoción susceptible, desgarro teatralizado, efectos luminosos impactantes, mixtura de voces y de discursos, quiebro y ruptura, grito y voces exageradas, variedad de formas, yo impetuoso, sentimentalismo tierno y sentimentalismo sangriento. El equivalente a todo ello se cuela en nuestro día a día. El debate cada vez es menos serio y depurado, menos contenido. Nuestra televisión se radicaliza en pos del espectáculo. Los noticiarios de Telecinco parecen una crónica ya amable ya escabrosa. La inteligencia recurre a argumentos claramente demagógicos. Y todo ello ocurre porque seguramente nos quedamos con aquellos ingredientes más previsibles y más teatrales del romanticismo. Con aquello que resulta más cómodo y que ya hemos asimilado como de buena educación o de educación pasable.

De esta forma todo aquello más interesante del romanticismo parece olvidado, o desgajado. La intuición por ejemplo, que sin pretender convertirse en ciencia, tan importante resulta. O la noche como propiciadora de embelecos. O los fantasmas de la imaginación, que nutren nuestras fantasías y nuestras literaturas. O el miedo gótico que no pretende usarse de forma mercantilista sino que es mero pasatiempo investigador de potencialidades humanas. O los puentes que tiende la intuición, que edifica la noche, que transita la pasión. Los montes de las ánimas que todos llevamos dentro. Pero ahora ya no. También lo mejor del romanticismo se ha prostituido. Nos quedamos con lo peor y lo mejor lo ensuciamos. Ahora la intuición sirve para sacar dineros a los crédulos, la noche para tomar coca, nuestras fantasías adolecen a veces de poca vitalidad, la soledad es un gran fracaso y el miedo sirve para que las farmacéuticas vendan el tamiflú.

Nuestros gritos (y cuando digo gritos digo lo que en los Lobos significa grito: queja, opinión, reflexión) se tiñen también de todos esos aspectos del romanticismo mercenario. Creo que resultaría fundamental que aprendiéramos todos a calmarnos, a sopesar, a ser juiciosos nuevamente. Propongo por eso quedarnos sólo con aquello enriquecedor del romanticismo, con lo que de digno tiene la empresa romántica, y emprender una vuelta a la Ilustración. Naturalmente no lo digo por los amigos de los Lobos; lo digo en un sentido general, social. Que la sociedad vuelva a ser un día un espacio ilustrado. Que apueste por el regreso a otras verdades menos impactantes pero más eficaces. Por el juicio, el rigor, la ciencia, el empirismo, la objetividad, la crítica, el orden, el progreso, el respeto, la pedagogía bien entendida.

Pero naturalmente si los valores positivos románticos podían ser prostituidos, y de hecho lo habían sido, ¿no van a serlo también los valores ilustrados, ya de por sí peligrosos según quién los afronte? Porque esa seriedad ilustrada tiene el peligro del fascismo, del ordeno y mando, del paternalismo, de la simplificación didáctica excesiva, del despotismo ilustrado. Esos son los peligros de los cuales debemos protegernos si optamos por volver a la Ilustración. Siempre protegiéndonos de algo, quizá de nosotros mismos. Pero cuando el hombre opta por volver atrás en realidad nunca vuelve. Va al pasado y toma de ese tiempo aquello que puede servirle para seguir avanzando. Y seguramente es cierto que ahora debemos buscar entre los Ilustrados porque los viejos valores ya no nos sirven. Se habla de esto en algunos medios. Y creo que más se seguirá hablando.

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dissabte, 6 de març de 2010

POR QUÉ NO ME GUSTA EL PARTIDO POPULAR

Por mil cosas. Si esto, en lugar de ser el título de una entrada fuera el título de una categoría, tendría mil entradas. Pero no resumiré porque me mareo sólo con pensar en hacer una lista exhaustiva. Temo que me diera un ictus a medio redactarla. Con el Partido Popular me atrevo a la crítica pero poco a poco. Puedo lanzarles escupitajos morales pero como hacen las gitanas, escupitajillos que son como dardos. Infinitos escupitajillos, eso desde luego.
Cada semana o cada dos semanas se descuelgan con algo que me enerva y que consigue sacar lo peor de mí. Hoy va por los toros, claro, que ésta ha sido la última o ha sido la penúltima (a la que llevas un par de horas sin leer el periódico ya hay un nuevo motivo de desprecio que se añade a la infinita lista). No trato de decir con esto que los demás partidos me encanten o que me decante sin fisuras por alguno. A todos les encuentro algo que no me satisface, depende del momento y depende de la política de que se ocupen. Pero del PP no me gusta nada, o casi nada (lo único, esa idea de orden que ellos defienden que, previamente depurada de cualquier atisbo fascistoide, considero necesaria para el funcionamiento de la sociedad. De hecho, la idea de orden es algo de lo que se ha apoderado la derecha y que creo que debería ser algo fundamental, independientemente de la política, como la higiene o el derecho al trabajo).

Estoy en contra de los toros. Me parece una fiesta bárbara e insolente que se basa en el maltrato a un animal. Disfrazar eso de cultura es una opción pero el maltrato sigue existiendo. Frente a tanta gente que se opone a las prohibiciones a mí no me parecen mal, siempre que respondan a un consenso. Me parece bien que hayamos prohibido las peleas de gallos, por ejemplo. ¿A alguien le parece mal esa prohibición? Por el mismo motivo, repito, por el mismo, me opongo a las corridas de toros. La mayoría estamos de acuerdo, no me cabe ninguna duda.
Pero el PP añade el plus nacionalista, ellos, que siempre cargan contra todo nacionalismo que no sea el de ellos. Probablemente alguien esté en contra de los toros en Catalunya por motivos políticos, para alejarse un poco más del Estado. No diré que no. Lo que sí digo es que es algo minoritario: quienes nos oponemos a los toros nos oponemos por los mismos motivos que puede tener alguien que viva en Córdoba. Esa es la esencial verdad que a ellos no les interesa ver.

Cuando un debate de este tipo alcanza unas dimensiones semejantes pienso que pueden sacarse diversas conclusiones. La primera es que la fiesta de los toros está gravemente enferma, aquí y en cualquier sitio. Si gozara de buena salud no necesitaría tantos defensores maleducados. En segundo lugar, aunque seguramente la iniciativa popular no será aprobada por el Parlamento catalán, a los catalanes, en general, no nos gustan los toros y se seguirá necesitando que vayan llegando autocares españoles para llenar la Monumental (como ha venido ocurriendo, por cierto). Y en tercer lugar, algo de lo que no he hablado nunca en este blog, que existe en un sector importante de la sociedad española una innegable catalanofobia. En mis viajes españoles yo la he sentido en muchas ocasiones. Ese desprecio latente que resulta tan incómodo y que, francamente, tampoco tengo por qué aguantar. Puesto que estoy convencido de que los catalanes ni somos mejores ni somos peores que nadie (de todo hay) esa catalanofobia es la constatación definitiva de que hay algo severo que no funciona en la relación España- Catalunya. Si se siguen mezclando las cosas y el debate acaba siendo identitario siempre, se discuta lo que se discuta, muchos somos quienes cada día acabamos efectivamente más y más cansados de un Estado que ni nos comprende ni nos quiere.
(Y la penúltima, la bronca a Rosa Díez... Porque no estaba yo en la Autónoma en aquellos momentos: me hubiese encantado gritar desgarradamente contra esa vendida).

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dimarts, 2 de març de 2010

BARRER EN POSITIVO (TOBIN, RUSSELL Y LOS BLOGS)

Barrer metafóricamente tiene una lectura negativa. "Barrer de la faz de la tierra", por ejemplo. "Si yo tuviera una escoba, cuántas cosas barrería", por ejemplo dos. Pero también es posible barrer metafóricamente en positivo: "barrer para casa". Barrer para casa pero positivamente. Sin significación de mercadeo o aprovechamiento. Ir por la vida barriendo para casa cosas que realmente valen la pena. O cosas que sirvan para recordarnos aquello que no vale tanto la pena. Los blogs, como todo en la vida si uno quiere, son una escoba que barre y trae para casa. Encontré en el blog de Felipe una entrada sobre la Tasa Tobin (de Robin Hood, el que robaba a los ricos), esa tasa para los bancos, que son los grandes enriquecidos, con la finalidad de redistribuir parte de esa riqueza en países y proyectos verdaderamente necesitados. Os recomiendo encarecidamente ver el vídeo de la entrada. Qué gran idea, qué necesario se me figura que no sean siempre los mismos quienes ganan, o en su defecto que colaboren a construir un mundo más justo. Esa fue una idea que me traje para mi casa ideológica, porque me pareció una gran idea. Y en el mismo blog, creo que al día siguiente, hablaba el buen amigo de un programa vergonzoso, como la gran mayoría de realitys (sin puritanismo escandalizable lo digo). Poner a Sofía Mazagatos vestida de homeless por la calle Serrano y hacer que vaya recogiendo los dineros de los impresionables transeúntes tiene, o debería tener, delito. Y como no soy un liberal y me alegro de no serlo sí pienso que hay cosas que deberían prohibirse, que no pasaría nada si se prohibiesen. Aunque lo ideal sería que viviéramos en una sociedad lo suficientemente íntegra como que para ciertos inventos no se hicieran ya, y menos para que se llenen el bolsillo cuatro ricachones. Esa es otra idea que barro para casa, aunque la dejo en el cuarto de aquello que debemos evitar.
De otros blogs amigos saco otro tipo de propuestas o de ideas, pero en todos barro algo. Algunos ejemplos: José Lorente me invita a ir al cine con Machado, y pienso hacerle caso. También Carlos de Tusitalas me insiste con el cine, y ya le dije que me motivó para ponerme a estudiar un rato. También Lorente me invita a escuchar a Mozart. Madison a leer a Camus. Cecilia a leer a Mankell. Isabel a atreverme con Marcial. Ana a escuchar (y ver) a la gran Maruja Mallo, que ella conoce bien. Tula a comprender qué es eso tan oriental del Wabi Sabi. Y Josep a solidarizarme con la enfermedad.

Y ya, desde lo más ideológico, Kabila me propone una reflexión que también me llevo sobre los niños y la guerra (qué impresionante la foto de los niños escribiendo mensajes de destrucción en los obuses que van a destruir Gaza) mientras que Inés Sabanés me reconcilia un poco con las izquierdas proponiendo, y sé que esto es polémico, una nueva lectura sobre Cuba. Inés Sabanés, justamente ella, que desde IU en Madrid tiene una indiscutible trayectora de mujer de izquierdas. Me resulta tranquilizador saber que las izquierdas también tienen derecho a pedir otra política a países como Cuba (y añado por mi cuenta y riesgo, a países como Venezuela, si no quieren verse perseguidos por la sospecha cada tanto, como está ocurriendo ahora con el tema de ETA). Soy de los que opinan que el apoyo a esas realidades no debe hacer obviar la crítica justa y necesaria. Que no por situarte a su lado debes hacer la vista gorda. Y que no por entender alguno de sus motivos pueda resultar justificable que confraternicen con dictadores iranís. Y por eso barro para casa también ideológicamente desde el blog de Inés: ni que sea para sentirme menos bicho raro.
Pero ya que de barridos hablamos permitidme una anécdota, ésta alejada de los blogs. Este mediodía he ido a comer yo solo a un restaurante cercano al trabajo. Un restaurante de menú, de esos de olor a fritura que luego se te pega en la ropa. Yo solo, dije, entreteniéndome con el periódico y la tranquilidad de espíritu que aporta la soledad. Si alguna vez debo comer solo en el trabajo procuro no decirlo a nadie porque entonces me compadecen e incluso a veces ocurre que se me cuelga algún incordio. No puedo entender que comer solo sea visto como el colmo de la tristeza existencial para el resto de personas: me gusta compartir la mesa con los amigos, qué duda cabe, pero no me mata la soledad en absoluto. Incluso en ocasiones la agradezco mucho. Comiendo hoy, decía, me he encontrado en el periódico con una noticia de estas que vale la pena barrer y traerte. Algo había escuchado sobre el Tribunal Russell pero hoy, entre la ensalada y el pescado, me he informado detalladamente. Se trata de un tribunal sin valor jurídico pero comprometido con la creación de opinión pública y tejido social. Inspirado por el filósofo Bertrand Russell nació en 1967 para juzgar los crímenes cometidos en Vietnam. Qué excelente idea esa plataforma. En su día fue presidido por Sartre y se ocupó, por ejemplo, de juzgar las dictaduras latinoamericanas en los años oscuros (los años aquellos en los que a nadie se le caía la cara de vergüenza porque no tenían ni lo uno ni lo otro). Se ha reunido ahora en Barcelona y nadie o casi nadie lo sabe. Se están juzgando los abusos que se cometen en los territorios ocupados de Palestina y el vergonzante colaboracionismo norteamericano y europeo. Saramago, Eduardo Galeano, la directora Itziar Bollaín, un líder antiapartheid, la actriz Vicky Peña y el cantautor Lluis Llach son algunos de quienes están detrás de esta iniciativa. Iniciativa que apunto porque es digna de ser barrida en positivo. Me la quedo (para compartirla).

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