
Nunca un libro tuvo menos intriga. Podría haberse titulado
Crónica del puñetazo anunciado. No anunciado por nadie a lo largo de las páginas sino por lo que sabemos sobre las personales y particulares relaciones entre estos dos autores emblemáticos.
Uno no lo lee por intriga alguna sino por los documentos que los autores, los profesores Ángel Esteban y Ana Gallego, han consultado, muchos de los cuales ven la luz por primera vez en este ensayo. Se trata de las cajas que custodian la correspondencia privada y otros textos inéditos de los autores del
boom. Se conservan dichas cajas en la Rare Books de la Firestone Library en la Princeton University de USA. Y también por la reconstrucción que de la historia del
boom han hecho a partir de dichos documentos y otros ya conocidos. El ensayo que comento supone una revisión de dicha historia tras el texto clásico de Donoso y otros.

Gabo y Mario, como reza el título, son los hilos conductores de esta historia del
boom que tiene su verdadero punto de inflexión en el año 1971, con el caso Padilla. Si 1962, con el Premio Biblioteca Breve para Vargas Llosa por
La ciudad y los perros había significado el inicio de muchas cosas, el caso Padilla significó el inicio del fin. Se rompió la uniformidad en el parecer de la intelectualidad internacional y su apoyo a la Cuba comunista. A partir de esa polémica, que evidenció los métodos de Castro, algunos intelectuales se alejaron para siempre de la ortodoxia castrista mientras otros se mantuvieron fieles, pensando acaso que toda revolución exige daños colaterales. Los que se alejaron continuaron, con el tiempo, su camino divergente, hasta posiciones casi vergonzantes, en ocasiones claramente neoliberales. Los otros también continuaron su camino, acercándose a Castro, iniciando incluso, como en el caso de Gabo, una amistad personal con el líder. Las posturas tan diferentes, que gestaron nuevos caminos, fueron agrandándose con el tiempo. Lo que al principio era una brecha acabó por ser acantilado. Desde la distancia uno se pregunta por qué las opciones medias, de crítica exigente pero apoyo al fondo inspirador de la revolución, no se dieron más a menudo. Por qué siempre el ser humano tiende hacia esos extremos que no llevan a ninguna parte.
La historia de esa amistad aglutinadora pasa por Barcelona, como se sabe. Una mujer extraordinaria, Carme Balcells, los unió en la ciudad. Carlos Barral también jugó su papel. Previamente los vínculos se habían hecho fuertes basados en la admiración. Admiración que había llevado a Vargas Llosa a escribir una tesis dedicada a la obra de su amigo colombiano. (Siempre me hizo gracia: escribir una tesis sobre la obra de tu amigo). O ese proyecto del que tanto hablaron el colombiano y el peruano: escribir un libro a dos manos a partir de la historia viva de sus dos pueblos. (En el fondo latían esos deseos por la unión federalista de todo un continente que comparte lengua y muchas tradiciones). Por desgracia el proyecto de la novela a dos manos no se materializó. Tampoco el otro, de momento.
No sólo Gabo y Mario asoman por estas páginas inspiradas. El resto de integrantes de la generación lo van haciendo paulatinamente. Donoso, Monterroso, Cortázar, Fuentes, Edwards, Bryce... Y poco a poco se va produciendo el fatal distanciamiento biográfico e ideológico. Hasta que cierto día, ya muy distanciados, ocurrió el episodio nunca esclarecido.
1976. Ciudad de México. Palacio de Bellas Artes. Gabo y Mario coinciden tras algunos años sin verse. Va a proyectarse
La Odisea de los Andes, película que recuerda el caso de los jugadores de de rugby uruguayos que se estrellaron en la Cordillera y sobrevivieron a base de comerse a los compañeros muertos tras 72 días de temperaturas extremas. Gabo, antes de la proyección, se acerca a saludar a Mario que, en lugar de saludarlo, lo tumba con un puñetazo. Parece ser que el peruano acompañó su gancho con las palabras: "Esto es por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona". ¿Qué le hizo Gabo a la mujer de su amigo en Barcelona? ¿Pronunció efectivamente Vargas Llosa aquellas palabras? Casi imposible saberlo: el episodio del gancho ("El gancho literario de aquel año bisiesto", titulan el capítulo los autores) se convirtió en pequeña mitología literaria, aunque quepa presuponer que para acabar a golpes debieron ocurrir episodios personales que iban más allá de los enfrentamientos políticos.

También se recoge en el ensayo esa pregunta descarada de la que hablaba Héctor Oliva en su libro, y de la que
ya hablé en un post anterior, y que también recogió en su blog
Ana Rodríguez. Gabo, Mario, Julio, Fuentes, Donoso, las respectivas esposas y algún otro deciden compartir una agradable cena en
La Font dels Ocellets, un restaurante nada lujoso pero sí muy típico situado en la zona de Pedralbes (Carrer del Castellet, 6, el de la foto de arriba). Tras un intercambio de bolas de nieve de
Julio el niño y su novia de entonces, porque había nevado, comienzan hablando, cómo no, de Cuba. Esas semillas de la divergencia, como las llamó la esposa de Donoso, aunque todavía no habían germinado estaban ya presentes. El camarero acudió para servirles. Nadie le atendió porque todos hablaban a gritos del tema que les exaltaba. Tras un buen rato tratando inútilmente de hacer su trabajo fue en busca del jefe que puso orden. Dio un severo grito y todos se callaron. Y el jefe les lanzó una libreta para que ellos mismos apuntaran lo que querían. Pero antes de irse quiso asegurarse e ignorando quiénes eran aquellos hombres que tenía delante preguntó muy serio, casi con un grito: "¿Alguno de ustedes sabe escribir?" Julio miró a Gabo, Gabo a Donoso, Donoso a Carlos Fuentes, Fuentes a Mario y Mario finalmente a Julio. Pero nadie contestó. ¿Acaso alguno de ellos sabía escribir? Yo, se anticipó la Gaba, yo sé escribir, no se preocupe usted. La anécdota feliz de los gritones y el camarero con prisas ha quedado en el anecdotario divertido del
boom. Se recoge en
De Gabo a Mario, así como otros episodios mucho menos gozosos. En síntesis, lo divino y lo humano de una generación extraordinaria de nuestras letras.
(Por cierto, y en otro orden de cosas... Llevaba años sin leer una crítica tan absolutamente entusiasta como la de Mario a las novelas de Larsson, Millenium, ayer en El Pais. Una sorpresa enorme. Uno siempre tiende a desconfiar de los grandes éxitos, yo creo que con razón. También es verdad que eso, que en realidad es un prejuicio, puede en ocasiones, no digo en esta, en alguna ocasiones jugarnos una mala pasada. Tendremos que ver.)