dimarts, 22 de setembre de 2009

COLOR ROMA

Me pregunto por qué de cada una de las ciudades que visito acabo tomando un elemento que convierto en imagen mental, en emblema. Podría pensarse que es una mera cuestión de simplificación, pero no lo es. No lo es porque esa imagen mental me sugiere una gran cantidad de sensaciones, de detalles, de aspectos, de gentes, de recuerdos, de querencias. Esa imagen mental funciona casi como un recurso pnemotécnico de los que usaba cuando estudiaba. Me remite a lo que viví, si ahí fui feliz.

Los emblemas o iconos de los que hablo no se resumen en un monumento famoso. Londres- Big Ben. París- Eiffel. No, pero no porque sea menos previsible que eso (me temo que lo soy tanto o más). Se trata de otra cosa. Para que algún elemento de la ciudad se convierta en emblema ha de haberme sorprendido. Estar ahí, encontrarlo y descubrirlo. Pero tampoco es necesaria un gran impresión, con un qué curioso basta.
De París me sorprendieron las casas, esa uniformidad que tan bien le sienta a la ciudad. Y esa uniformidad se resume en las buhardillas que coronan los edificios de los boulevares o de las más modestas rues. Negras buhardillas, con esas ventanas desde las que me gustaría poder espiar el cielo (de París). (De Rubén es uno de los poemas que yo prefiero: esa descripción de una chica durmiendo en un sofá mientras fuera está nevando. El lento devenir del tiempo. Pero es tan perfecto que desde que lo leí supe que yo también quería ver nevar en París. Desde una buhardilla a poder ser, aunque no me llame Rubén ni tenga una novia que se llame Carolina).

Y nuevamente los edificios. En Lisboa, por ejemplo, los azulejos que los recubren. Es la única ciudad que yo sepa que recubre las paredes exteriores con baldosas de llamativos colores. La ciudad es mágica en sí misma, con Chiados, Alfamas, tranvías 28, barrios altos, bajas pombalinas, castillos, pastelitos de Belén y bancos que recitan poemas maravillosos. Sólo faltaban los edificios cubiertos por azulejos, convertidos ahora en emblema, para que la magia fuera completa.
No pretendo una lista exhaustiva de mis propios emblemas urbanos. Resumir tan solo que en Florencia fueron los particulares contrafuertes que aguantaban los balcones y demás salientes de las casas(imposible encontrar una foto en google), en Granada la figura de la granada en todas partes (en los postes de las calles, por ejemplo), en Bruselas los cómics de los que ya hablaré otro día o en Nueva York el humo blanco y espeso que salía de las alcantarillas (entre otras mil cosas... qué ciudad inabarcable). A veces me he preguntado que si fuera extranjero en mi propia ciudad cuál sería el emblema que me llevaría. Imposible saberlo. ¿Acaso los taxis bicolores? ¿O quizá mejor el pavimento, esa colección de baldosas tan particular entre las que destaca la diseñada por Gaudí y de las cuales hablaré próximamente?

En Roma, mi Roma (fui romano en otra vida, no me cabe la menor duda), el emblema tiene que ver con un color. ¿Cómo definir el particular color de la mayoría de edificios de la Roma histórica? Pregunto a amigos. ¿Cómo lo definirían ellos? Las respuestas van del "rosado" al "ocre" pasando por soluciones tan diversas como "anaranjado", "salmón", "terroso" o "arcilloso". Que decida cada uno.

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Nunca había escuchado que nadie se interesase por un tema tan particular: el color de Roma. Ya pensé que era el único (la egolatría nos acompaña a los humanos lo mismo que un perro fiel). Pero google, mi refugio en ocasiones, me trajo la evidencia de que no, de que no era ni el único ni el primero. Internet, en particular esta botella lanzada al mar, llegó a mi costa en 2009 desde el ciberespacio (perdón, quise decir desde dos años atrás). Yo me sumo entusiasmado a la propuesta de mi ilustre predecesor: a partir de ahora a ese color lo llamaré color Roma (en mayúsculas). Y a la pregunta: ¿de qué color es Roma? responderé con la evidencia de que Roma es de color Roma. Porque hay ciudades que sólo pueden parecerse a sí mismas.

8 comentaris:

María ha dit...

Carísimo, qué bello artículo. Tú sabes, caro y distinguido amigo, que amo Roma casi tanto como Venezia, la que me acunó, que París, la que me enseñó, que NY la que me lanzó a la vida. Qué belleza la descripción de los emblemas emotivos, querido. Y qué oportuna Roma, aquí y ahora. Carísimo, no podrás creerte que jamás reparé en el color de Roma, jamás hasta ahora, quiero decir. No me fijé en este detalle, que Roma fuese diferente al color de mi Madrid. Y ya no digo nada más porque a veces levanto la liebre de la impaciencia general, así que me callo lo otro que quería decirte. Darling, saludos formalísimos.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI ha dit...

Según quien la mire, quien pasee, quien muera, ame, odie, ría o mate; según el momento del alma.
Yo imagino Roma roja, ardiendo; o blanca, cubierta de nieve; o inundada por el agua verdosa del Tiber; o negra, a oscuras en la noche, sin media luz con la que alumbrar tanta Historia. Si en mi viaje a Roma me acompaña quien yo amo, Roma es luminosa, y me refleja todos los colores.

soniabaste ha dit...

A jutjar pel color que poses, jo la vec color ataronjat, pero un ataronjat apagat, la qual cosa vol dir ocre, suposo. Es dificil definir un color ara que hi penso.

Marcos ha dit...

Es una gran verdad el color de Roma, todo el mundo que ha ido se habrá fijado en ese detalle. Roma es rojiza sin ser roja, anaranjada sin serlo, aproximadamente ocre, aproximadamente arcillosa... Es el color de la historia, supongo, del Tiber, de los emperadores, de los papas, del vicio y de lo sagrado, de la revolución, el saco y el arte belliniano. Roma es Roma y déjate... que gran verdad.

Ramon.Eastriver ha dit...

María, con lo observadora que eres, no puede ser que no te fijases en ese color. Pero sé que también amas Roma. Eso y tu formalidad, que celebro, te salvan decididamente. Abrazos.

Mariano José, las ciudades son del color de nuestra alma, gran verdad. Pero además, aunque nos empeñemos en salvarlas de la objetividad, tienen también un color objetivo que depende a menudo del color del observador. Todos cuantos van a Roma se fijan en su suciedad. Y mira, a mi eso no me importa o me importa menos. Las piedras me hablan. Y las piedras son rojas. Saludos.

Sonia, apunto la teva aposta. Ocre, doncs. És molt difícil precisar un color, però molt. A mi em costa enormement. Petons.

Marcos, celebro que estés de acuerdo conmigo. Creo que lo defines muy bien, me lo apunto. De todas formas no es del todo cierto que quien haya ido a Roma se habrá fijado en el color particular. Ya ves que no. Yo pienso que uno ve lo que en cada momento siente o necesita. Es posible ir a Roma y fijarse en otras cosas. Es la lectura que cada uno hace. Gracias también a ti.

Juliette ha dit...

Les coses tenen colors, hi estic molt d'acord, però no nomès les ciutats. La pluja té colors, els arbres, més enllà del verd, tenen colors, els nuvols, tot i blancs, tenen colors. Són colors. La màgia és saber veure els colors de la vida. No he visitat mai Roma, un cop vaig estar-hi apunt amb unes amigues del barri quan vivia a ciutat, però a darrera hora vaig descobrir que tenien prevista una trobada amb el Sant Pare a l'aula del Vaticà. Vaig defugir el convit i em vaig quedar, perquè tot i que respecto opcions i visions, jo tinc les meves que demanen cura d'evitar paradoxes incòmodes. Així que no puc dir respecte a Roma. Però la meva muntanya té el color de la lluna quan fa sol, el color dels nuvols quan el cel és blau, el color del cel quan plou a bots i barrals. L'olor de l'aigua, dels arbres, dels estels quan és núvol. I m'agrada gaudir dels colors de la meva muntanya i compartir-los, que és la millor manera de pintar estats calms i respostes amb somriures. Energies coloristes per a tots els que em llegiu.

vivaduracel ha dit...

Roma es del color de la lluvia y de la noche, del color de las sotanas de los curas y las monjas. Que hatura de monjas malhumoradas y de curas salidos, de obispos y papas, que aunque solo haya uno es como que se multiplica como los pescados. Salmones, como las paredes, pero pescados al fin.

Ramon.Eastriver ha dit...

Juliette, Roma és meravellosa. És cert que és la capital del catolicisme i per tant hi ha molts capellans, però inclús amb aquesta realitat és una ciutat que ha tingut alcalde comunista durant molts anys, els més durs potser. A més la seva història és anterior al catolicisme. És veritat que les coses tenen cada una el seu propi color intern. La màgia és saber veure'l. Petons.

Rafel, lo mismo te digo que a Juliette. Entiendo que Roma genere alguna reserva pero toda ella es otra cosa. Uno siente que el papa vive en el Vaticano y que para verlo, si es que le da el punto, ha de cruzar la frontera. Cosa que yo también aconsejo mucho, no necesariamente para ver al papa sino para ver la basílica y los museos que son espectaculares. Un abrazo.